domingo, 16 de marzo de 2014

Perfume. Capítulo 35

Al fin puedo completar la comida; el arroz estilo risotto me ha salido impresionante, para chuparse los dedos. Las felicitaciones de Sara al terminar de comerlo hacen que crezca mi ego. Nadie me ha dicho nunca tantas cosas buenas sobre mí, esta chica va a terminar por hacerme caer en un enamoramiento absoluto, allanador. La verdad, ya tenía ganas de vivir momentos así, después de tantos años de soledad, de relaciones vacías, de engaños y traición, creo que ya lo merezco. Es como ese regalo que uno siempre espera, pero que no sabe si terminará llegando algún día.


Sara se empeña en retirar la mesa, alegando que yo he sido el cocinero y que le toca a ella esa tarea, me parece justo y accedo, pero no dejo de ayudarla aunque ella no quiera. Me acomodo en el sofá, mirando los peces, como hago muchas veces, pensando en lo bonita que podría ser la vida acompañado por Sara, es lo que ella consigue que desee.


Siento sensación de sueño de nuevo, parece que no he dormido suficiente y mi cuerpo demanda descanso. Llega ella desde la cocina, se recuesta sobre mí, besando con fragilidad la parte que está entre mi cuello y mi pecho, esos besos me están acentuando el sueño, cierro los ojos. Oigo cómo pone la televisión y comienza a cambiar de canal, posiblemente en busca de una de esas películas romanceras de las tardes de los domingos, que siempre empiezan con la imagen de una de esas lujosas casas de campo blancas americanas, en donde termina pasando de todo, menos algo bonito.


—Duerme, cariño, —me dice despacio, acariciando mi rostro.


—Sí, gracias, —susurro, más cercano al mundo de los sueños que a la realidad.


Abro los ojos, me encuentro tumbado en el sofá, la televisión está apagada y Sara no está. El silencio invade toda la casa, estoy seguro de que no está, conozco este silencio como si lo hubiera vivido en todas mis anteriores vidas. Me levanto, saco el móvil del bolsillo para mirar la hora. Son las siete de la tarde, la noche ya ha caído sobre la ciudad, es domingo y mañana toca ir a trabajar, en unas horas debo acostarme de nuevo. <<Pero, ¿dónde habrá ido? ¿Por qué no ha esperado a que despierte?>> Voy a la cocina, encuentro un posit fosforito pegado en la puerta de la nevera con un pequeño texto escrito a mano: He tenido que irme, estabas tan dormido que me ha dado pena despertarte. Esta semana nos vemos. Vamos hablando, mi príncipe. Besos, tu princesa. Vuelvo a pegar ese maldito papel en la nevera, aunque no me guste tener nada adherido ahí; siempre he pensado que queda cursi y hace que el electrodoméstico parezca viejo. Pero viene de ella, desprende su olor, y es algo que quiero tener bien cerca, aunque tenga que romper mi regla de no poner cosas en la nevera. Voy al baño, desperezándome, pensando en arreglarme un poco y salir; el Nigth Jazz es el destino elegido. Me encanta ir los domingos a estas horas a tomar las últimas copas del fin de semana, a ahogar el final del tiempo libre entre notas de jazz auténticas. Unos vaqueros y un jersey color oliva de punto cruzado son mi indumentaria, con unas botas de color crudo, basta de trajes. Salgo a la calle, el frío es intenso, el aire es algo húmedo y de mi aliento brota vapor, me acurruco dentro del abrigo de tres cuartos y salgo caminando hacia el Nigth Jazz.


Al llegar, media hora después, veo que una de las luces del local parpadea de forma poco común, parece que se ha estropeado. Entonces, salen de dentro dos personas corriendo y gritando, llevan pasamontañas y una bolsa grande, me escondo en una esquina, observando a los criminales. <<¿Y si son los mismos que fueron a mi casa?>> Me pregunto. Suben a una furgoneta y ésta sale chillando ruedas, el portero del Nigth Jazz sale poco después, con su mano puesta en el muslo. Me acerco y le digo:


—¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?


Me mira, angustiado, sudando. Al llevar la vista donde tiene puesta su mano me doy cuenta que su traje blanco se está tiñendo de rojo.


—¡Esos cabrones…! ¡Me han disparado, joder, me han disparado!


Saco mi móvil para llamar a una ambulancia y a la policía. Agarro al portero y lo ayudo a volver al local. Al entrar, una sensación extraña se infiltra en mis adentros, la música no ha golpeado en mis oídos haciendo que me transporte a otros lugares mágicos, no, lo que ha llegado a mí, son los gritos de varias personas, al comprobar que hay varios muertos en el local, uno de ellos es uno de los músicos. Ayudo al portero a recostarse en uno de los butacones.


—Han llegado gritando que nos tiráramos al suelo, con sus armas levantadas. Uno llevaba una escopeta recortada y el otro un revólver. Una mujer ha gritado y se la han cargado, sin más. El músico ha levantado la mano y se lo han cepillado también. Luego han robado la estatua de Franklin tallada a mano, que fue hecha exclusivamente para este local hace más de cien años. ¡Cabrones! —Me cuenta el portero entre suspiros y muecas de dolor en su cara.


—¿Y a ti?  —Pregunto.


—Yo estaba detrás del de la pistola. Me he abalanzado sobre él para ver si le quitaba el arma, pero el muy hijo de puta, se ha escabullido como si fuera un experto y me ha disparado en la pierna. Luego, el otro ha salido corriendo y él me ha mirado a los ojos, para después seguirle. Me ha perdonado la vida, podría haberme matado y no lo ha hecho. ¡Joder! ¡Cómo duele, hostia! —Las gotas de sudor brillan en su tez negra.


—Tranquilo, pronto llegará la ambulancia, está de camino, aguanta.


Me levanto y miro el local, la gente está aterrada, apenas se atreve a abrir la boca, se mantienen en las posiciones que quedaron cuando los bandidos estaban aquí. Los cadáveres están ahí, derramando sangre, manchando la moqueta. Unas manchas que tardarán mucho en desaparecer, sobre todo de la memoria de los que están aquí. La tragedia no puede ser mayor. Una mano me coge por detrás, fuerte.


—Max, —me dice. Es la voz de Paula.


Me giro, se abalanza sobre mí, llorando, muerta de miedo. Lo que le faltaba a la niña, ayer su hermano y hoy esto. Va a quedar traumatizada al final, la vida se ha cebado con ella en este fin de semana fatídico. Le acaricio la cabeza siguiendo el sentido de su pelo y le digo:


—Ya está, bonita, ya está. Ya pasó, estoy aquí, se han ido. Tranquila.


—¡Vámonos, Maxi, vámonos de aquí!


—Está bien. Salgamos.


La saco de allí lo más rápido que puedo, no quiero que sufra más. Iremos a otro lugar más tranquilo. <<No puede estar pasando esto… estoy soñando, estoy soñando>>… me digo.





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José Lorente.




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